Las heridas de un escritor-electricista-vendedor
Jean Pierre Frederick
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“No traía sino mi don de hombre,
mi pequeña gracia de narrador
y tres abejorros con hambre”
Manuel Rojas
Aprendiz de sastre, empleado uniformado de una empresa de mensajeros, aprendiz de talabartero, carpintero, pintor de brocha gorda, ayudante de electricista, acarreador de uva, cuidador de un falucho, actor, apuntador de teatro o consueta, linotipista, periodista, empleado de la Biblioteca Nacional, profesor de la Escuela de Periodismo de la Universidad de Chile, vendedor de cartillas en el hipódromo. Tales labores fueron las que desempeñó el autor del libro, considerado por muchos, el más importante del siglo XX en la literatura chilena: “Hijo de Ladrón” del laborioso Manuel Rojas. Claramente el criollismo era derogado por esta nueva narración que presentaba el mismo estilo de la literatura rusa de entonces, incluso de grandes como Marcel Proust, mas nunca dejando las raíces chilenas.
Como elemento frecuente en la novela, se presenta una serie de monólogos internos eminentemente poéticos, en los cuales está presente la imagen de “la herida”. En dichos fragmentos el narrador adopta una segunda persona y reclama al propio lector: “Imagínate que tienes una herida en alguna parte de tu cuerpo…”¹. Dicha herida cumple una función eminentemente social. Diamela Eltit en su ensayo “La Herida” atribuye simbolismo a la imagen de esta llaga en relación con los estados de inconciencia de Sigmund Freud. Claramente “Hijo de Ladrón” presenta una constante en la historia: la simbolización de lo que mantiene atado al hombre a la infelicidad de la vida. La herida se presenta como un elemento que, si es cierto no impide la vida misma, es como un ancla a lo terrenal, al sufrimiento. Dicho sufrimiento claramente es mayoritariamente surgido por la determinación que existe en el personaje. Basta con analizar e título de la obra para notar que la herencia con que carga el protagonista es evidentemente peyorativa, es decir va en absoluto desmedro de la historia del personaje ². Ahora bien me atrevo a mencionar que los diálogos internos que se nos presentan en la novela cúspide de Rojas, son símbolos del sufrimiento no necesariamente literal de los actantes implicados, incluso del propio Rojas. El entorno y/o espacio en que se desarrolla la anécdota es de una completa pobreza. En este aspecto hay una notable relación autobiográfica. Trabajo, sudor y esfuerzo fueron constantes de la existencia de Rojas. "Toda mi vida, desde que recuerdo, tuve problemas económicos", admitía en una entrevista realizada por Hans Ehrmann en 1961 para el diario El Mercurio. "Nunca estuve tranquilo. Cuando joven tenía que conseguirme diez pesos, después quinientos, ahora más. Nunca tuve lo suficiente para vivir."
¹: En general y de manera frecuente el protagonista, Aniceto Hevia, cumple múltiplee funciones: testigo, protagonista y hasta lector de su propia historia.
²: Hipólito Taime en sus tres leyes de análisis de obras literarias, menciona la importancia de la carga hereditaria, de la determinación histórica de los personajes.
Jean Pierre Frederick at 9:56 PM

Un mito es, en dos palabras, una historia ejemplar. No es sinónimo de “mentira” ni de “fábula” ni de “engaño” ni de “superstición”. No es producto de la irracionalidad ni de la ignorancia ni es simplemente una “historia deformada”. El mito tiene su propia lógica y sus propios motivos, que son totalmente ajenos al modelo positivista de nuestros días, de ahí que sea importante hablar de al antiguo hombre, el hombre primitivo. Para entender cabalmente lo que es el mito, debemos arrancar de un profundo respeto por los hombres y las culturas antiguas. Tendemos a ver a las civilizaciones anteriores a la nuestra como “primitivas”, sin entender claramente que los hombres de aquellas épocas eran iguales o más inteligentes que nosotros, pero que no contaban con los recursos tecnológicos de que disponemos hoy. ¿Por qué organizaron su vida alrededor de los mitos? Porque ésa fue la manera en que pudieron explicarse el mundo y le dieron sentido. No eran hombres ignorantes ni tontos ni supersticiosos: simplemente siguieron un camino que hoy hemos abandonado.
Sea de la variedad que sea, el mito narra algo extraordinario, que se sale de la vulgaridad de todos los días y que es majestuoso y digno de ser recordado por ésta y por las generaciones futuras, este transcurre no en un tiempo profano, sino sagrado: no se sabe exactamente cuándo ocurrió, porque el tiempo sagrado está – por definición - fuera de la esfera humana.
Ahora bien, el mito es mucho más que una historia común y corriente, porque se refiere a algo vital para la comunidad. Por tanto, se le debe de recordar periódicamente. Y para hacerlo, existe el rito. Un rito es más que una simple ceremonia o una fiesta: es la escenificación del mito, con todo el respeto y ceremonial que merece ésta historia ejemplar. Esta cristalización es lo que vehicula el termino Mito a Rito perteneciéndose intrínsecamente ambos, dando esto respuesta a la pregunta sobre tal relación.
En lo que respecta a lo sagrado y su relación con el hombre me queda decir que el Mito cristalizado por el rito no se realiza en cualquier lugar: se lleva a cabo en un recinto sagrado, un sitio especialmente diseñado y construido para representar mitos. En el último caso, este lugar también puede ser profano, pero tras haber sido “consagrado” mediante una ceremonia o el acuerdo tácito de todos los involucrados. Esto tiene mucho que ver con que el hombre, primitivo esencialmente, viva dentro de una realidad sagrada, donde destacamos los virtuales lugares sagrados como templos, iglesias, salas de conciertos y teatros (el teatro es un derivado directo del rito: se trata de representar una historia, aunque en el teatro actual tal historia no sea mítica).
Como el mito ocurre en un tiempo primordial, la representación ritual debe ocurrir en un tiempo sagrado. Esta modalidad de tiempo no tiene las mismas características que el tiempo cotidiano de nuestras vidas (tiempo profano), sino que se separa tajantemente del tiempo profano: ahí no importan las vicisitudes diarias, ni las preocupaciones mundanas, sino las grandes cuestiones de que trata el mito. Frente a esto me gustaría plantear la situación de la necesidad de un personaje sagrado, ya que este se involucra de tal modo que deja de lado su propia personalidad y pasa a ser parte del propio mito, pero eso un tema aparte de cara a lo tratado en clases.
Una vez que se han leído diferentes mitos cosmogónicos, se puede ver claramente que todos ellos poseen elementos comunes y dispares. A parte de cumplir la misma función, hay algunos trazos que dotan a todos ellos de unidad. Todos ellos hablan de cómo surgió el universo conocido y para ello siempre hacen un retrato inicial de lo que había antes. Es aquí cuando aparece un concepto muy interesante, el del Caos, Vacuidad… Ovidio lo define como "una masa tosca y desordenada", la cultura tibetana lo entiende como "un inmenso vacío sin causa y sin fin", la mitología escandinava cree que todo comenzó "en los tiempos en que nada existía, se abría en el espacio un vasto y vacío", el Popol Vuh de los mayas cuenta que todo estaba en suspenso, todo en calma, en silencio; todo inmóvil, callado, y vacía la extensión del cielo", y los Cheyenne reinciden en la idea de que "al principio no había nada. Absolutamente nada. Todo estaba vacío."
Tal relación del tipo celestial nos demuestra la analogía arquetípica que existe entre los distintos mitos a lo largo de la historia, especialmente en los cosmogónicos, quienes tratan de darnos la explicación de la creación del cosmos. En todas las mitologías se continúa con una relación de cómo lo que ahora es, fue creado por un dios, por una fuerza misteriosa y extraña o a partir de un todo informe. Para resaltar algunos elementos comunes se pueden citar coincidencias como las nueve Walkirias (mitología germánica) y las nueve Musas (mitología griega), dioses que ocupan cargos homólogos como Zeus y Thor (ambos dioses de la tormentas), siendo estos solo algunos ejemplos de los cánones o arquetipos que se repiten a través de la historia mítica-estética.
Jean Pierre Frederick at 10:38 PM