Wednesday, November 14, 2007

Gabriela Mistral, un accidente en la geografía chilena.


Si bien José Miguel Ibáñez Langlois afirma que Mistral “fue ajena a las vanguardias rupturistas de su época” (2), es ésta misma intemporalidad mistraliana la hace frente a las tendencias modernistas de entonces. Gabriela, fiel a su lenguaje castellano puro, no se avecindó nunca en los nuevos aires “azules” de Francia ni en las tendencias inglesas. Su discurso poético bajo el alero de los sonetos de Quevedo y el FORTUS UT MORS DICECTIO del Cantar de los Cantares (sumándole todas las influencias bíblicas de Job, Salmos Jeremías y la vida de Cristo), será precisamente el contrargumento a la fiebre modernista, presente en América con el nicaragüense Rubén Darío. Bajo ninguna premisa idealista ni mucho menos nietzscheana, la Mistral asoma con la postura anacoreta hispanoamericana. Sus raíces provincianas, su apego a la naturaleza y su fiereza recelosa, instalan a Gabriela Mistral como una conservadora del lenguaje, no obstante se defiende como la más dura revolucionaria.

A pesar de lo presente que está la ternura en la poética de Mistral (Piecesitos de niño...), de lo nostálgica (Todas íbamos a ser reinas), y lo religioso (¡Cristo, el de las carnes abiertas en gajos...), lo más arquetípico de la escritora es el dolor. La imagen tímida de Lucila escondía una peligrosa ferocidad, presente en sus célebres Sonetos de la muerte: “Me alejaré cantando mis venganzas hermosas, /!porque a ese hondor recóndito la mano de ninguna / bajará a disputarme tu puñado de huesos¡”.

Notará el lector que ya nos referimos a Lucila Godoy y que poco a poco el hablante lírico se confunde con la autora de estos versos. En efecto, el dolor también estuvo muy presente en la vida de la escritora de Lagar. Su enamoramiento de un hombre que se desinteresó por ella y que luego se suicidó, hace que cultive un sentimiento de dolor y recelo por lo que es amado. Este sentir celoso y feroz se hace presente en el poema Dios así lo quiere.


Dios Así Lo Quiere

I
La tierra se hace madrastra
si tu alma vende a mi alma.
Llevan un escalofrío
de tribulación las aguas.
El mundo fue más hermoso
desde que me hiciste aliada,
cuando junto de un espino
nos quedamos sin palabras
¡y el amor como el espino
nos traspasó de fragancia!

Pero te va a brotar víboras
la tierra si vendes mi alma;
baldías del hijo, rompo
mis rodillas desoladas.
Se apaga Cristo en mi pecho
¡y la puerta de mi casa
quiebra la mano al mendigo
y avienta a la atribulada!

II
Beso que tu boca entregue
a mis oídos alcanza,
porque las grutas profundas
me devuelven tus palabras.
El polvo de los senderos
guarda el olor de tus plantas
y oteándolas como un ciervo,
te sigo por las montañas...


A la que tú ames, las nubes
la pintan sobre mi casa.
Ve cual ladrón a besarla
de la tierra en las entrañas;
que, cuando el rostro le alces,
hallas mi cara con lágrimas.

III
Dios no quiere que tu tengas
sol si conmigo no marchas;
Dios no quiere que tu bebas
si yo no tiemblo en tu agua;
no consiente que te duermas
sino en mi trenza ahuecada.

IV
Si te vas, hasta en los musgos
del camino rompes mi alma;
te muerden la sed y el hambre
en todo monte o llamada
y en cualquier país las tardes
con sangre serán mis llagas.
Y destilo de tu lengua
aunque a otra mujer llamaras,
y me clavo como un dejo
de salmuera en tu garganta;
y odies, o cantes, o ansíes,
¡por mí solamente clamas!

V
Si te vas y mueres lejos,
tendrás la mano ahuecada
diez años bajo la tierra
para recibir mis lágrimas,
sintiendo cómo te tiemblan
las carnes atribuladas,
¡hasta que te espolvoreen
mis huesos sobre la cara!

La hablante, mediante un impecable verso octosílabo inicial, previene al amado y le dice que hasta tiene al mismísimo Dios y la Tierra de su parte. En general las estrofas son flexibles, en algunos casos de ocho, diez o seis versos octosilábicos, con rima asonante verso por medio, siempre á-a. La estructura métrica es igual de maleable y hace énfasis en la rudeza del lenguaje. Como ya se ha dicho los primeros dos versos previenen al amado – y de paso al lector- de la rudeza con que se presenta la mujer desdichada. La mención de la Tierra es bastante icónica en la obra de Mistral, en este caso no hace más que recordarnos la cercanía de Gabriela a la naturaleza, aunque más adelante la tierra jugará un rol de mayor complicidad aún. En los siguientes ocho versos de la primera estrofa, la escritora se encarga de, como lo hiciere Marcel Proust, recobrar las imágenes perdidas, las imágenes y momentos del idilio romántico, en este caso. Después de este flash back volvemos a ver, y en gran modo, la pasión y fuerza con que se exhibe la amada. Prácticamente hay una maldición que se echa sobre el amado, la fuerza con que se afirma te va a brotar víboras es intimidante. Dicho verso es uno de los más logrados en el poema. Partiendo por la reminiscencia bíblica de la maldición de la tierra, donde Jehová le anuncia a Adán “te dará espinas y abrojos” la tierra maldita que está pisando (Génesis) y la relación con esta víbora, también presente en Génesis, como la serpiente original, Satanás, en suma el verso es de una seriedad completa. La connotación fonética del verso es excepcional. La repetición de las v-b, sumada a la aspereza con que suenan las r-r-r, es musicalmente genial. El segundo verso redondea aun más la idea de la “venta del alma” y de la complicidad de la tierra, presente ya, en todo el eje del poema. En el tercer verso, la aparición de la palabra baldía en unión con tierra del verso anterior, nos hacen inmediatamente recordar a T. S. Elliot y su homónima obra The Waste Land. Dicha palabra, más hijo y rodillas, dan el eco a la punzante í de víboras. La connotación religiosa comienza a aparecer con la imagen del devoto de rodillas rotas por el arrastrarse en la tierra. Dicha imagen es sólo la antesala para la brutal idea del Cristo muerto en el pecho de la amada. Finalmente la estrofa finaliza con aires láricos, al hacer mención a la casa, a la puerta, que quiebra la mano al mendigo, como la revelación a la caridad acostumbrada por la cristiandad.

La próxima estrofa parte mucho más calmada y menos exclamativa. Presenta imágenes románticas de cómo la amante percibe todo a la distancia, oirá sus besos, olerá sus “plantas”. La tierra misma es parte de la amada, cual sensor que avisa dónde se encuentra el amado, para otearlo y seguirlo por las montañas. Ya en la cuarta estrofa, del oído y el olfato, pasamos a la vista. Es tal el grado de visibilidad de la amada, que es capaz de percibir hasta en las mismas entrañas de la tierra, en las grutas. La tierra nuevamente está del lado de la amada, las nubes pintan sobre su casa el rostro de la “otra”, quien por primera vez es mencionada explícitamente en el poema. El epíteto Ladrón sugiere una fiereza y acuse desgarrador, pero la imagen con que finaliza la estrofa, devuelven lo femenino a la amada: hallas mi cara con lágrimas.

La confirmación de la maldición divina se presenta en el inicio de la próxima estrofa: Dios no quiere que tu tengas sol. De manera oficial la amada avisa de lo que le espera al hombre si no marcha con ella. Dios está de parte de la hablante y está dispuesto a enviar al mundo de las tinieblas al amado. En la próxima estrofa se especifica la condena del amado, ya supuesto muerto: aunque haya llamado a otra, sólo a la infortunada amada clama. Tal condena también es de pleno sufrimiento para la amada, quien ahora recibe desde la tierra, los musgos, el ataque de la pena, y se le quebranta el alma. La presencia de las llagas y de el clavarse las dagas, no hacen más que recordar la imagen de la mujer desolada, de su rostro con lágrimas.

La última estrofa del poema tiene un desenlace con carácter profético. Los verbos, aunque en futuro, tienen una connotación bastante certera, como de un verbo indicativo. Tendrás, afirma la amada que yace en el dolor infinito, la mano ahuecada / para recibir mis lágrimas. Aún después de la muerte del amado, éste tiembla ante la imagen de la amada ya vengada. La maldición finalmente, no estará completa sino hasta que la propia amada se duerma en la muerte. Incluso dicha muerte será enrostrada al amado, asignándole culpa por el sufrimiento causado a la mujer ajada.


Jean Pierre Frederick S.

Jean Pierre Frederick (San Bernardo, 1986) Poeta y Profesor de Lengua Castellana y Literatura. Columnista de la revista literaria “Litera”. Ha participado en diversos Congresos y Seminarios Literarios del pais. Ha publicado “Piojos” (2007) y actualmente se encuentra realizando un estudio crítico de los cuentos de Roberto Bolaño.
Ensayo publicado en revista literaria "ATENEAS" No. 2 del 2007 y leído el 15/octubre/2007 en el congreso literario "Quiebres en la poesía chilena contemporánea" de UNIVERSIDAD DE LAS AMERICAS Y UNIVERSIDAD ALBERTO HURTADO.



Jean Pierre Frederick at 11:17 AM